Doña Concepción, el rostro de la extrema pobreza en Guatemala
- Carmen Lucía Mejía
- 25 sept 2018
- 16 Min. de lectura
Los motores de la lancha comenzaron a sonar, el reloj marcaba las 6 de la mañana, y dentro de esta se podía sentir el fuerte viento característico de una mañana de noviembre. Aun siendo temprano, la lancha iba llena, y al subir el último pasajero, comenzó el viaje hacia Santiago Atitlán.
Al llegar al embarcadero, pude juntarme con quien iba a ayudarme con la traducción, pues en Santiago Atitlán, la mayoría de personas hablan tz´utujil, y en el lugar en donde estaríamos todo el día, muy pocas personas hablan español. Faltaban 15 minutos para las 7 de la mañana, y yo estaba a punto de llegar a la casa de doña Concepción, una mujer que como muchos guatemaltecos más, vive en extrema pobreza, que es el estado más grave de pobreza, cuando las personas no pueden satisfacer varias de sus necesidades básicas para vivir, como la disponibilidad de alimento, agua potable, techo, sanidad, educación, saneamiento o acceso a la información.
Doña Concepción vive en Panabaj, un cantón del municipio de Santiago Atitlán en el departamento de Sololá, el cual fue afectado durante el Huracán Stan, dejando al cantón cubierto en su mayoría de lodo y piedras y matando a centenares de personas.
Llegamos a la casa de doña Concepción, me impresioné. Era impactante la realidad que se presentaba ante mis ojos. La casa estaba construida en su mayoría con caña y algunos palos que presentaban fuerza para poder sostener toda la casa, el techo era de lámina, y existían partes en donde solo había nailon, porque la caña no había alcanzado. Las cañas estaban amarradas con lazo y otras con pequeños hierros. Según el Programa Especial para la Seguridad Alimentaria (PESA) el departamento de Sololá registra un 76.3 por ciento de pobreza y un 32.6 por ciento de pobreza extrema.
-Doña Concepción -grité.
Rápidamente salió con sus dos hijas, Alicia de 8 y Ana de 4 años, y con señas nos dijo que entráramos. La saludé y le pregunté que cómo estaba, pensé que si me entendería sin necesidad de la traductora, pero me di cuenta que no, realmente ella no sabía nada de español ni yo de tz´utujil, allí comprendí que no iba a ser fácil. Era increíble llegar a pensar cómo dos personas teniendo la misma nacionalidad, siendo del mismo departamento y estando a aproximadamente una hora de distancia no se podían comunicar porque ninguna de las dos dominaba el mismo idioma. En Guatemala existen 22 idiomas diferentes.
Al dar unos cuantos pasos por la entrada, me di cuenta que la casa era un cuarto de aproximadamente 8 metros de largo y 6 de ancho. Su hijo mayor, Juan Diego de 13 años, aún estaba dormido y se encontraba acostado en la única cama que tenían, la cual no tenía colchón, eran simplemente tablas con una pequeña cabecera, la cual tenía unos cuantos ponchos y dos almohadas.

A simple vista la casa tenía una pequeña estufa construida con blocks, la cual utilizaba leña para funcionar, una cama, dos sillas pequeñas y un closet.
-¿En esta cama duermen los cuatro? -pregunté.
-Sí, es la única que tenemos -me dijo doña Concepción.
-¿Cómo le hacen? Porque es muy pequeña.
-Para nosotros es grande, porque antes no teníamos cama, entonces solo nos apretamos bien y ahí cabemos – contestó mientras alistaba el maíz.
De pronto Juan Diego despertó, le ofrecí disculpas por haberlo despertado y creí que me había entendido, pensé que en el colegio le enseñaban español, pero no era así.
-¿En el colegio no te enseñan español?
-Yo ya no voy al colegio -me dijo aun adormitado.
-Uy ¿y eso? -le dije sorprendida.
-Acabo de dejar de estudiar, tengo que trabajar para ayudar a mi mamá -con pena tomó una pequeña colcha y se tapó de nuevo.
Me quedé callada. Según el Ministerio de Educación, en Guatemala el 95% de la población de 0 a 4 años tiene educación inicial, mientras que la cobertura de primaria alcanza el 81%, la básica el 47 y en diversificado solo se cubre a 24 de cada cien. Juan Diego, es uno de de los niños que se encuentra dentro del 53% que no tienen acceso a la educación en el nivel básico.
Doña Concepción me dijo que su hijo estaba cansado porque un día antes había sido su día de trabajo, de donde salía a las 3 de la mañana de la casa y entraba hasta las 10 de la noche. Entonces le dije cuál era el trabajo de su hijo y me dijo que a veces recogiendo aguacates, luego ordenándolos y por último subiéndolos al camión, pero que otras veces de jornalero en el mercado. Rápidamente pensé en mi hermano, quien tiene aproximadamente la misma edad que Juan Diego; no cabía en mi mente que alguien tan pequeño pudiera estar trabajando tan duro y tantas horas en lugar de estar estudiando, jugando y aprovechando su infancia.
-¿No quisiera que su hijo siguiera estudiando?
-Sí, pero los estudios son muy caros y no me alcanza, hay que comprar útiles y muchas cosas más, yo no tengo para todo eso. Entonces mejor que me ayude.
Rápidamente puso el maíz en un canasto y me dijo que teníamos que ir al molino para tener la masa para hacer las tortillas para el desayuno. Salimos de la casa, Ana y Alicia iban con nosotras.
Doña Concepción me contaba que sus hijas siempre van con ella, nunca las deja solas, por eso ya se acostumbraron a levantarse a las 5 de la mañana todos los días y a dormirse a las ocho de la noche, porque hacen todo juntas.
Después de 10 minutos de caminar hacia abajo, llegamos al molino. Doña Concepción le dio el canasto de maíz a su hija Alicia para que fuera ella la que moliera el maíz, le pregunte que por qué no lo hacía ella y me dijo:
-Está en buena edad para aprender a hacerlo, así me enseñaron a mí, y así le estoy enseñando a ella, no es algo muy difícil, pero es necesario que lo sepa.
No tardamos más de 1 minuto en lo que Alicia molía, tardamos más en bajar que en moler el maíz, entonces comenzamos a caminar hacia arriba. Mientras iba caminando pude notar cómo varias niñas iban hacia abajo con maíz, pude deducir que es parte de la cultura que las niñas hagan ese trabajo y que los niños vayan con su papá a trabajar al campo, ya que también vi a unos cuantos con palas y machetes.
Creo que doña Concepción notó mi cara de asombro al ver a tantos niños que se dirigían a trabajar, entonces me dijo:
-Aquí todos trabajan, mujeres, niños, niñas y hombres, todos hacen diferentes cosas, pero no hay opción de quedarse sin hacer nada, de algo se tiene que vivir.
Entramos a la casa y comenzamos a hacer el desayuno. Antes de irnos doña Concepción había dejado puesta la leña, así que comenzó a tortear. Sus manos torteaban como si fuera una máquina, rápida y de una manera casi perfecta.
-¿Quiere tortear? -me preguntó.
Me acerqué y le dije que no quería desperdiciar la masa, me dijo que allí no se podía desperdiciar nada, que me iba a salir bien, así que debía intentarlo. Me pegué a la estufa para comenzar a tortear, y pude sentir el calor de las brasas en mi rostro, inmediatamente comencé a sudar, y mientras intentaba hacer una tortilla, doña Concepción ya llevaba cuatro.
-Es solo cuestión de práctica, yo lo hago desde niña, así que usted no se preocupe -me dijo con una sonrisa en el rostro.
Había mucho calor, y el humo se hacía presente en todo el cuarto, todo el humo era producto de que la chimenea estaba tapada, hacía tiempo que no la limpiaban. De repente doña Concepción salió de la casa.
A pesar de que es su única opción, la familia de doña Concepción no es consciente de las consecuencias que se tienen al cocinar con leña, como las enfermedades respiratorias que pueden afectar la garganta, los pulmones, incluso los ojos, siendo los niños, los más vulnerables.
-¿A dónde fue su mamá? -pregunté a Alicia y a Ana.
Las niñas no dijeron nada, entonces les pregunté qué era lo que normalmente desayunaban, Alicia me dijo que su comida favorita era el huevo, porque muy pocas veces lo comían, y que le encantaba cuando era con frijol, ahí me di cuenta de las ironías de la vida, para muchos, un huevo no significa nada, es más, cuando vamos al supermercado y lo compramos por docenas, no nos importa si se quiebran uno o dos, lo vemos como algo que no tiene valor, mientras que para otras personas es lo más delicioso que han probado en la vida.
Ana en cambio, dijo que su comida favorita era el arroz. Doña Concepción no llegaba, y les pregunté a las niñas si ya tenían hambre, me dijeron que no, porque a veces no desayunaban y que las veces que si lo hacían, era solamente tortilla con café.
Para varios nutricionistas internacionales, el desayuno es la comida más importante del día, y un desayuno equilibrado para los niños debería de estar compuesto por leche, fruta o zumo y cereales.
Después de 15 minutos Doña Concepción apareció con tres huevos y una bolsita de aceite. Le pregunté que si había ido a la tienda, me contesto que sí, le dije que si quedaba muy lejos, y solamente me lo confirmó con la cabeza. Mi traductora me dijo que Doña concepción creía que yo había llegado a quitarle a sus hijas, y por eso había ido a comprar los huevos, para que viera que sí las alimentaba. Le dije que no era así, que yo no le haría daño, que solo quería compartir un momento con ella.
Comenzó a hacer el desayuno, tenía muy pocos trastes, por lo que el tomate lo destripó con las manos, le puso un poco de aceite y en el mismo sartén, batió los huevos. Esperamos un poco mientras hervía el café, y después nos sirvió la comida. Tenía aproximadamente 3 platos pequeños en donde le servía la comida a sus hijos y 5 vasos.

📷(Fotografía: Carmen Lucía Mejía)
Nos sentamos sobre la dura y seca cama de madera, las niñas se sentaron en las sillas pequeñas y Juan Diego comió parado. Mientras desayunábamos pude darme cuenta de la forma en la que comían, lento y con calma, llegué a pensar que es una técnica para poder llenarse, al masticar muchas veces el cuerpo humano se llena más rápido, considero que es una técnica que ellos han aprendido empíricamente.
-Matiox (que significa gracias en tz´utijil) -dijo Alicia.
Doña Concepción le dijo rápidamente que se cambiara porque teníamos que ir al pueblo a comprar unas cosas. Entonces me paré y le pregunté que en dónde lavaba los platos, me contestó que afuera tenía 3 baldes con agua que va a traer al lago para consumo propio y también le sirve para lavar algunas cosas. Según estudios realizados por AMSCLAE, Santiago Atitlán es uno de los municipios en donde la mayoría de personas aún extrae agua del lago para consumo propio. Salí a ver en donde tenía las cubetas, cerca pude observar que tenían un hoyo del cual salía un olor desagradable.
–Allí a veces defecamos -me dijo Juan Diego -o a veces vamos a los matorrales.
De repente volteé y Alicia se estaba lavando los dientes con el agua de la misma tina en donde lavaban los platos. Llegó Doña Concepción y le lavó los dientes a Ana con el mismo cepillo, luego de unos minutos pude ser testigo de que los 4 usan el mismo cepillo dental.
Doña Concepción se puso su güipil y peinó a las niñas. Al entrar la casa vi que en un rincón había un pedazo de vidrio quebrado del tamaño de la palma de mi mano, pensé que era algo peligroso que estuviera ahí, pero cuando Doña Concepción se estaba peinando agarró ese pedazo y se vio a través de él, allí comprendí que era su espejo.
Salimos de la casa, solo Juan Diego decidió quedarse. Mientras bajamos la pequeña montaña, me pude dar cuenta de la pobreza en la que viven todas las personas de Panabaj, las casas eran en su mayoría como la de Doña Concepción, otras estaban en mejor estado, de igual manera, no eran lugares seguros para habitarlos.
Al llegar a la carretera que llevaba a Santiago Atitlán le pregunté a Doña Concepción que era lo que teníamos que ir a hacer al pueblo y ella me contestó:
-Tengo que ir a pedir más hilo para mi costura, y hoy me toca hacer mercado, después de eso vamos a regresar.
-¿Usted teje verdad, de eso mantiene a sus hijos?
-Sí, es lo único que sé hacer, una señora en el pueblo me da güipiles para que yo los cosa, ella me da la tela, el hilo y me paga 150 por costura.
-¿Y cuánto tiempo se tarda haciendo una? -le dije, con la respiración un poco agitada.
– Como tres semanas, pero a veces solo me dan dos semanas para terminarla.
-Pero si estos güipiles son carísimos ¿o no?
-Sí, los venden como en 800 quetzales, pero yo no puedo hacer nada. No tengo dinero para comprar la tela ni el hilo.
Mientras caminábamos, pensaba en la explotación que sufre doña Concepción, era impresionante llegar a pensar que le pagaban tan poco por un trabajo que llevaba tanto tiempo y dedicación, pero que todo eso era producto de la falta de acceso que ella tuvo para poder estudiar. Es triste ver cómo una mujer gana aproximadamente Q.250.00 al mes mientras el salario mínimo de muchas personas se encuentra entre Q.2,417.52.
Llevábamos aproximadamente 20 minutos caminando por la carreta, pasaban buses, picops y camionetas, pero Doña Concepción no podía pagar ese transporte, por lo que siempre que va al pueblo debe hacerlo a pie, lo que equivale a caminar 8 kilómetros bajo el sol, entre subidas muy empinadas. Doña Concepción llevaba un paso muy acelerado, yo comencé a quedarme atrás, me reí y le dije:
-Yo hago ejercicio, pero usted definitivamente me gana ¿Por qué va tan rápido?
-Porque la señora me tiene que dar un adelanto de mi costura, ya no tengo dinero, además tenemos que aprovechar el tiempo –contestó.
Luego de 15 minutos llegamos a una casa que quedaba cerca del parque central de Santiago, allí vimos a la señora que le daba trabajo a doña Concepción. A la que le dijo:
-Ya no tengo dinero ¿Me podes dar el adelanto de siempre? -dijo doña Concepción.
Ella sin dudarlo se sacó 25 quetzales del monedero que cargaba en el pecho y se los dio.
-También necesito más hilos, ya no tengo para seguir cociendo.
La señora le dijo que los tenía que ir a comprar al mercado, que la esperamos en el parque. Y así fue.
Mientras estábamos sentadas en el parque central, un fuerte viento rosaba el pelo de doña Concepción, sus pies reflejaban el arduo caminar de su día a día y sus manos mostraban el cansancio de varios años de trabajo duro.
-¿Cuántos años tiene? -le dije.
-No sé, como 35 o 37 –contestó.
-¿Qué no tiene documentos?
-Sí pero se me perdieron, y como no se leer ni escribir, tampoco sé qué decían.
Para el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) el municipio que presentó el índice más alto de analfabetismo en el departamento de Sololá fue Santiago Atitlán, mientras que el índice más bajo lo registró el municipio de Santa María Visitación. Durante 15 minutos estuvimos esperando que nos dieran los hilos, mientras eso sucedía, varias campanas de diferentes carritos de helados sonaban a nuestro alrededor, al voltear, pude ver como Ana y Alicia miraban con tanto anhelo los helados, después de haber caminado tanto, y con un sol tan fuerte ¿A quién no se le antojaría un helado?
Doña concepción miraba cómo sus hijas veían al señor que gritaba: –Heladito seño, hoy hay calor, llévese un heladito de 1, 2 o 3 quetzales. Entonces doña Concepción le dijo que si les podía dar dos helados pero de 50 centavos, que no les diera mucha nieve, que solo era para quitarse el antojo. El señor les dijo que sí, y minutos después, las dos niñas estaban sentadas disfrutando de su deliciosa nieve.
Luego de que le entregaran los hilos, comenzamos a caminar por el mercado, que queda justo a la par del parque. La primera venta en donde nos detuvimos fue en una de jocotes, la mano estaba a Q2.50 a doña Concepción le pareció muy caro, y continuamos caminando, viendo quién tenía los jocotes más baratos, hasta que luego de darle la vuelta al mercado, conseguimos a una señora que los vendía a Q2.00. Doña Concepción escogió los mejores jocotes, que eran realmente pocos, pues la mayoría o estaban muy verdes o ya estaban podridos. Compró una mano de jocotes lo que equivale a 7 jocotes aproximadamente y luego fuimos por el mercado buscando chipilín. No se podía caminar, el calor, incrementaba por tantas personas, yo estaba un poco desesperada, pero al voltear a ver a las dos pequeñas me pude dar cuenta que ellas estaban muy tranquilas, creo que ya era parte de la costumbre.
Encontramos una venta de chipilín y doña Concepción compró 6 quetzales. Por ser hierbas la cantidad era bastante. Comenzamos a salir del mercado, estaba extrañada, porque doña Concepción me había dicho que compraría todo para la semana, y solo llevábamos dos cosas. Por último, compró dos bolsitas de jabón a Q.1.50 cada una y comenzamos a caminar de nuevo hacia su casa.
Eran las 12:32 de la tarde, la temperatura se encontraba a unos 27 grados, pero la fuerza con la que el sol quemaba la piel reflejaba unos cuantos grados más. Al estar en el pueblo tuve la oportunidad de ver mi teléfono para ver la hora y a cuántos grados estábamos, ya que en la casa de doña Concepción, no hay señal, ni luz, mucho menos agua, lo único que les da luz es el sol, y por las noches una vieja candela.
De regreso a casa, doña Concepción me explicó por dónde era el camino a donde ellos iban a bañarse, que era un lugar en la orilla del lago, en donde también lavaba la ropa, no es exacta mi distancia pero considero que quedaba a unos 6 kilómetros de la casa. También me dijo que el lugar a donde iba a traer el agua que ellos tomaban era más lejos, que era también del lago, pero que ahí el agua era un poco más limpia.
-¿No vamos a ir a traer agua? –pregunté.
Doña Concepción dio varias carcajadas y me dijo:
-No, usted no hubiera aguantado, eso pesa mucho y es muy lejos, además ayer fui por agua, eso me alcanza para dos o tres días.
Me reí y le dije que al llegar a la casa intentaría cargar un balde agua de los que estaban allí, para probarle que si los aguantaba, ella con los ojos entreabiertos por el sol, me dijo que sí y se puso el tocoyal en la cabeza para cuidarse del sol.
Sus hijas ya estaban cansadas, entonces Debora, la joven que me estaba ayudando con la traducción, cargó a Ana, la más pequeña. No la culpo por su cansancio, en ese momento mi garganta estaba seca, el sol y haber caminado tanto, comenzaba a afectarme un poco, no me imaginaba cómo doña Concepción podía caminar toda esa distancia y más con baldes de agua.
Al llegar a la casa, nos sentamos y entre varios suspiros doña Concepción dijo que teníamos que limpiar la chimenea, que ella lo hacía una vez al mes, y que ya era necesario porque la casa se estaba ahumando mucho. Entonces comenzamos a desarmar la chimenea, que estaba hecha de tubos de lámina y un codo que iba metido en la cocina de leña.
Al bajar la chimenea fuimos afuera para limpiarla, agarramos unos palos y comenzamos a raspar la parte de adentro, toda la ceniza comenzó a salir, y era inevitable no toser ante tanto olor a quemado. Nuestras manos estaban negras, pero logramos limpiar bien, lo difícil fue volverla a colocar, después de 30 minutos de limpieza, logramos dejar puesta la chimena de nuevo.
Doña Concepción comenzó a poner la leña para preparar el almuerzo.
-¿En dónde compra la leña? -dije.
-En ningún lado, a veces mi hijo la sale a traer, o yo voy a buscarla al bosque -me contestó.
Se sentó y juntas comenzamos a preparar el chipilín. Para ahorrar agua, no lo lavó, entonces en el chipilín aun había unos cuantos gusanos pequeños de color amarillo. Le dije que si no se enfermaba seguido, me contestó que no, que la mayoría de veces solo comían hierbas y que eso era bueno para el cuerpo, entonces que sus defensas estaban altas, también porque no podía dejar de cuidar a sus hijos.
-¿Y su esposo? -pregunté con un tono de voz un poco incómodo.
-Cuando yo era joven me dijo que él era soltero, entonces nos casamos, tuve a mi hijo a los 17 años, luego vino una mujer a reclamarme que él estaba cansado con ella, y regresé a la casa de mis padres, que es esta, yo acá crecí.
-¿Y él no le da dinero para los niños?
-Sí, a veces viene a dejar dinero para que compremos algo de carne, pero luego viene borracho pensando que hay carne o pollo, entonces prefiero que no me de dinero y así no viene, preferimos comer solo hierbas en paz.
Agarró una olla, fue por un poco de agua de las tinas, y comenzó a poner el chipilín, abrió la bolsa de una sopa, y la depositó en la olla, entonces me fijé en una vieja radio que tenían colgada, le pregunté que por qué no la ponían, y me dijo:
-Porque ya no tiene baterías, y son demasiado caras, entonces solo está allí.
Una esquina de la casa no tenía techo, y podía notar que había un árbol de guayaba cubriendo ese hoyo.
-¿No le entran gusanos o algún animal por ese hoyo? -le dije mientras miraba hacia arriba.
– No, a veces hay una que otra culebra, pero si uno no les presta atención se van rápido -se rio y siguió moviendo la sopa.
Habían pasado ya 45 minutos de haber llegado a la casa, pero seguía sintiendo mucho calor, le dije a doña Concepción que si ella no tenía calor, y me dijo que ya se había acostumbrado. Que el techo al ser de lámina calentaba más, por eso las horas en donde se calentaba mucho la casa eran de 11 a 3 de la tarde, y ya eran las 2:30.
El olor de comida estaba presente por toda la casa, después de todo el largo recorrido que habíamos hecho, todos teníamos hambre. Doña Concepción había torteado mucho, me dijo que era porque la tortilla llena y es barata, entonces nos sirvió en una taza el caldo, el cual teníamos que tomar desde el trasto, y las hierbas las tomamos con las manos.
A pesar de que las hierbas son buenas, pensaba en lo importante que es para las hijas de doña Concepción el alimentarse bien, ya que en la etapa en la que se encuentran necesitan de muchos nutrientes para poder desarrollarse bien y no caer en la desnutrición, en la que muchos de los guatemaltecos viven.
Según el PESA, 16 de los 19 municipios del departamento de Sololá, tienen prevalencias de desnutrición crónica mayores al 60 por ciento, más de 10 puntos por encima del 48 por ciento establecido para todo el país, y aunque se han registrado mejorías desde 1986 la situación aún es crítica. Estas cifras ponen en relieve la severidad de la desnutrición de los municipios de Sololá, y su extrema gravedad a nivel nacional.
Eran casi las tres de la tarde con 15 minutos, y doña concepción comenzó a cocer, era el momento perfecto para tocar unos temas un poco más profundos. Comencé preguntándole que si le gustaría poder hablar o aprender el español, me contestó que sí, pero que nunca tuvo la oportunidad, y que al no saber hablar español, le cuesta mucho más salir adelante.
-¿Siempre ha tejido, no le gustaría hacer algo más?
– Sí, le pedí a una señora que me enseñara a hacer mostacilla, pero me dijo que no porque le iba a quitar el trabajo, entonces solo puedo cocer para ganarme la vida -mientras miraba su costura y cortaba el hilo con los dientes.
Ana y Alicia se acercaron con unas fotos de su bautizo, el cual había sido unos meses atrás. -¿Ustedes creen en Dios? -les dije con las fotos en la mano
-Sí, por él estamos aún vivos -contestó doña Concepción
-¿Y van a la iglesia?
-Sí, vamos a la que queda en el parque, a donde fuimos hoy.
-¿Y cree que Dios está con usted?
-Sí, a pesar de todas las dificultades que tenemos y de lo difícil que es vivir para nosotros, él nunca nos ha dejado.
Me miró a los ojos, y pude ver en su mirada un reflejo de fe y esperanza. Vi mi reloj, y casi eran las cuatro de la tarde, debía salir ya, porque la última lancha de Santiago Atitlán salía a las 4 en punto. Mientras arreglaba mis cosas dije:
-Doña Concepción, una última pregunta ¿usted tiene algún sueño?
-Yo dejé de soñar hace mucho tiempo -me dijo.
-Pero, ¿qué es lo que más le gustaría en esta vida?
Dejó su costura por un lado, yo ya estaba parada, encaminada a la salida de la puerta, entonces me dijo:
-Quisiera una casa para mis hijos, que estudien y que algún día se gradúen
-¿Y por qué no luchar por ese sueño?
-Porque en esta vida, unos nacen bien y otros no tanto, la vida no es fácil, creo que usted ya se pudo haber dado cuenta.
Nos encontrábamos ya afuera de la casa, y con una mirada de nostalgia y tristeza les dije adiós, e intenté pronunciar la única palabra que había aprendido durante el día: Matyox.



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