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Escuela del crimen disfrazada de justicia

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Por: Carmen Lucía Mejía

La constitución de la República de Guatemala, en el artículo 19, nos dice: “El sistema penitenciario debe tender a la readaptación social y a la reeducación de los reclusos y cumplir en el tratamiento de los mismos”. Luego de saber esto, quiero lanzar una pregunta al aire: ¿Qué tanto cumple el estado con este artículo? Si en realidad se sufre carencia en la infraestructura penitenciaria, la rehabilitación a los condenados no existe y en lo único en lo que el sistema penitenciario nos “ayuda” es en el desarrollo de una escuela del crimen.

 

Para comenzar, quiero enfatizar en la falta de estructura física  en los centros de detenciónMe entristece ver como los reos deben hacer turnos para poder dormir, ya que no se cuenta con la suficiente cantidad de colchones, almohadas, colchas, y los pocos que logran tener acceso a ellas, terminan enfermos de la piel debido a la suciedad, mal estado,y la falta de higiene que estas poseen, y todo esto se deriva a la cantidad excesiva de reos y la escases de recursos que se sufre dentro de dichos centros. Como Javier Urrutia, afirma: “Todas las instalaciones, con algunas excepciones como el caso de Santa Teresa, son insuficientes para albergar a las personas reclusas, por lo que hay hacinamientos por sobrepoblación”.

Algo muy preocupante es la higiene personal que poseen los reclusos, ya que no se cuenta con jabón, agua, toallas, pasta dental y no digamos champú. Entonces ¿Qué esperamos de los reos, sino se les brindan estos recursos tan básicos y necesarios? ¿No se supone que a pesar de estar en un centro de detención ellos poseen derechos?, pero sobre todo ¿A dónde va todo el presupuesto destinado para el sistema penitenciario?

No podemos dejar atrás la falta de readaptación social y reeducación que se sufre en los centros de detención, pues según el artículo 28 de la ley del régimen penitenciario de Guatemala, las autoridades tienen la obligación de diseñar y ejecutar programas y actividades para dar capacitación en el área educativa, laboral y profesional a las personas reclusas, y así estas puedan participar en los mismos de acuerdo con sus intereses y necesidades personales.

Qué bueno fuera que este artículo se pusiera en práctica, lastimosamente, en este país no se cuenta con dicha readaptación y reeducación, al contrario, en las cárceles se puede ver a los reclusos sin nada que hacer, vagando, caminando, peleando y matándose unos a otros, cual película de acción. Y si, tristemente esa es nuestra realidad, pues por más irreal que suene, nuestro sistema penitenciario no es más que una escuela del crimen disfrazada de justicia.

En Guatemala se ha vuelto común afirmar que sus cárceles son una sucursal del infierno. También se las llama “universidades del crimen” porque los reos, lejos de rehabilitarse, suelen volver a las calles más peligrosos de cuando fueron internados” (Elías, 2016). Por lo tanto, podemos asumir que no sirve de nada ir a la cárcel, si al salir, los reclusos regresan a la calle peor, con más odio y venganza en la mente y el corazón.

A pesar de todo, el gobierno no muestra ningún interés hacia el sistema penitenciario y todas sus fallas, lo que hace que día con día se incremente el número de asesinatos y extorsiones, que en su mayoría provienen de los centros de detención,  pero sobre todo me indigna pensar que para ser una delincuente bien formada debo de ingresar a una cárcel guatemalteca para salir muerta o con mayor experiencia para cometer crímenes, porque  si usted quiere aprender a ser un delincuente, las cárceles de Guatemala visite frecuentemente.

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